Capitulo 1.
La carretera es una cinta negra infinita que corta el campo, y allí, como un naufragio de cemento, se alza el bar. Por fuera, el edificio parece una reliquia olvidada de 1980. La pintura original ha perdido su brillo, desgastada por décadas de sol y viento hasta quedar en un tono pálido y polvoriento que lo hace parecer más sucio de lo que realmente está.
Los carteles de neón, cuya luz alguna vez fue vibrante, ahora parpadean con un zumbido eléctrico cansado. Es una estructura que impone respeto no por su lujo, sino por su resistencia; se ve vieja, gastada por los años, pero firme contra el horizonte. Un lugar que cualquier viajero común pasaría de largo, viéndolo solo como una parada olvidada en la ruta.
Jani camina con paso tranquilo, su figura recortada contra la inmensidad de la carretera. No hay prisa en sus botas. Al llegar a la puerta de madera pesada, el contraste es inmediato. Al empujarla, el aire pesado del exterior desaparece, reemplazado por una ráfaga de aroma a lustre de madera recién aplicado, metal frío y el perfume seco del whisky.
El Interior: El Pulmón del Árbol
Adentro, el bar no es un local, es un ecosistema. La luz es tenue y cálida, revelando una limpieza obsesiva que brilla en cada superficie.
Jani ignora las mesas vacías y se dirige directamente a la barra, el corazón del lugar. Es una pieza de madera oscura tan pulida que puede ver su propio reflejo, en la superficie. Se sienta en la banqueta alta, dejando que el silencio del bar la envuelva mientras espera que el dueño de ese orden impecable aparezca tras la madera.
A 200 kilómetros de su cama en el campo, Jani finalmente está en casa.
Jani se sienta y el silencio dura solo unos segundos. Detrás de la barra, en la zona de las botellas que brillan como trofeos bajo la luz cálida, emerge el Señor Wong.
No sale despeinado ni cansado. Aparece con su traje impecable, la camisa blanca sin una sola arruga y el cabello lacio perfectamente peinado hacia atrás, dándole ese aire de general retirado que ha cambiado el campo de batalla por un santuario de madera. En sus manos lleva un paño blanco con el que pule un vaso de cristal con una precisión que roza lo obsesivo.
Él no la mira de inmediato. Primero deja el vaso en su lugar exacto, alineado con los demás, y luego levanta la vista. Sus ojos, cargados de esa sabiduría ruda de quien ha visto la guerra y ha sobrevivido a ella, se clavan en Jani. No hay sorpresa en su rostro, solo esa indiferencia protectora que es su marca registrada.
Wong deja el trapo sobre la barra de madera pulida y se apoya ligeramente, rompiendo el hielo con esa voz ronca y el humor que solo ellos comparten:
Wong: —Forastera... ¿Te remoriste? Dios mío, parece que reviviste al tercer día. Estás más pálida que un fantasma de carretera.
Jani no se inmuta. Se quita los guantes y deja escapar ese suspiro de quien finalmente ha llegado a un lugar seguro.
Jani: (Con voz tranquila pero con ese filo de cariño) —Tenés razón, viejo... viejo decrépito. Servime lo de siempre antes de que me arrepienta de haber manejado doscientas leguas.
Wong suelta una risita corta, una que no llega a ser carcajada pero que suaviza su expresión de "gruñon". Sin que ella tenga que decir más, se gira y toma la botella de Jack Daniels. El sonido del líquido cayendo sobre el hielo es el único ruido en el bar, un sonido que para Jani es mejor que cualquier canción de los pósters de la pared.
Mientras Wong sirve, él nota algo. Sus ojos de maestro de Kung Fu captan la tensión en los hombros de Jani o quizás la forma en que ella mira hacia la puerta, sabiendo que afuera el mundo sigue siendo una basura.
Wong: (Deslizando el vaso por la barra con una puntería perfecta hasta que queda frente a ella) —Doscientos kilómetros es mucho camino para venir a beber en silencio, Vaquera. ¿Qué pasó afuera? ¿O tengo que esperar a que alguien entre por esa puerta con la cara rota para enterarme?
Wong termina de servir el Jack Daniels, pero no retira la mano de la botella. Sus ojos se entrecierran un milímetro, mirando hacia la puerta de madera, hacia la oscuridad de la carretera. Jani nota ese cambio; conoce esa mirada. Es la mirada del lobo que escucha una rama romperse a un kilómetro de distancia.
Wong: (En un susurro que corta el aire) —Alguien viene con el alma sucia, Vaquera. Y trae ruido.
Jani detiene el vaso a medio camino de sus labios. El silencio en el bar se vuelve absoluto, tan denso que se puede sentir el latido de las raíces en las paredes. Wong no se mueve, permanece estático como una estatua de jade, esperando.
Entonces, el estrépito.
La puerta se abre de golpe, rompiendo la armonía del Hard Rock de fondo. No entra un cliente, entra una invasión. El millonario, con su traje que cuesta más que todo el alcohol de la barra, y su esposa, con esa elegancia plástica y forzada, entran quejándose del polvo y del "olor a viejo" del lugar.
El señor camina como si fuera el dueño del suelo que pisa, ignorando que cada paso que da sobre la madera pulida es un insulto para Wong. Se acerca a la barra, justo al lado de Jani, sin notar que está sentado al lado de una deidad de la muerte.
Señor: —¡Vaya tugurio! ¿No hay nadie que atienda en este agujero? ¿O es que el servicio es tan viejo como el edificio?
La Esposa: (Acomodándose el abrigo con asco) —Te dije que no debimos parar aquí, querido. Mira este lugar... rústico es una forma amable de decir que se está cayendo a pedazos. Y esa mujer... (mira a Jani de reojo con desprecio) ...qué espectáculo tan deprimente.
Wong no se altera. Sigue con su porte elegante, pero su mirada se ha vuelto de hielo. No los mira a la cara; mira la mancha de barro que el millonario ha dejado en su barra impecable al apoyar el codo.
Wong: (Con una voz gélida que hace que el millonario se atragante con su propia risa) —El servicio en este "agujero" es excelente para quienes saben cerrar la boca y respetar la madera. Para el resto... el camino de regreso a la carretera es muy corto.
El Inicio de la chispa
El Señor, acostumbrado a que nadie le responda, se pone rojo de rabia. Mira a Jani, buscando un blanco más fácil, alguien a quien humillar para recuperar su ego.
Señor: —¡Eh, tu! La de la máscara. ¿Acaso no te enseñaron a saludar cuando entra alguien importante? ¿O es que el whisky te dejó tan "muerta" como parece?
Ahí es donde el aire se congela. Jani baja el vaso lentamente. Wong, desde el otro lado, ni siquiera se molesta en intervenir todavía. Él sabe lo que viene. Solo se cruza de brazos, esperando a que su alumna aplique la primera lección de su entrenamiento: la roca no se mueve, el que golpea la roca es quien se rompe.
Jani se toma su tiempo. No reacciona al primer insulto. Lentamente, gira la cabeza; el movimiento de su máscara bajo la luz tenue del bar es casi fantasmal. Sus ojos, nublados por el whisky pero con un brillo de malicia, se clavan en el empresario.
—Nunca he visto a un señor tan buen peinado en mi vida —suelta con una voz arrastrada, pero letal—. ¿Acaso su madre lo abandonó de niño o simplemente nació con el cerebro defectuoso?
El millonario se queda lívido. Antes de que pueda gritar, Jani suelta una risita seca y clava la vista en su cabeza calva, que brilla bajo las luces de neón.
—Ay, Dios mío... —se burla, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¿Qué champú usa, caballero? No, en serio... se nota que dedica mucho tiempo a peinarse. Le queda... aerodinámico.
El empresario, humillado frente a su mujer y a los borrachos del bar, pierde el juicio. Lanza un puñetazo salvaje, un golpe de alguien que nunca ha tenido que pelear por su vida.
Ahí es donde el entrenamiento en China toma el control. Jani no piensa; su cuerpo, esa roca que Wong esculpió, reacciona por instinto.
Con un movimiento mínimo de su antebrazo, Jani desvía el puño del calvo hacia un lado. Es un paso de Wing Chun perfecto: economía de energía. El golpe del hombre solo corta el aire.
Antes de que él pueda recuperar el equilibrio, ella le devuelve un golpe de palma directo al esternón, dejándolo sin aire.
Jani lo agarra con fuerza de la nuca (usando la sensibilidad táctil que Wong le enseñó). Con un movimiento fluido y rítmico, estampa su cara contra la barra de madera. ¡Uno! El sonido del cráneo contra la madera suena a hueco. ¡Dos! El segundo golpe es más seco, dejando un rastro de sangre sobre el lustre que Wong tanto cuida.
Con total indiferencia, como si estuviera apartando una bolsa de basura, lo suelta y deja que se desmorone en el suelo, gimiendo.
El silencio vuelve a reinar, roto solo por los sollozos de la esposa del millonario. Wong ni siquiera se ha movido de su lugar. Mira la sangre sobre su madera impecable, luego mira a Jani y, finalmente, al hombre tirado en el piso.
—Limpieza profunda —comenta Wong con una calma gélida—. Me parece que tu champoo no va a servir para quitar esa mancha del suelo, caballero.(con acento chino mandarin lo caracteriza)
Después de dejar al millonario en el suelo, Jani no se ve agitada. Su respiración es rítmica, gracias al Tai-Chi que Wong le enseñó para controlar el pulso. Se queda mirando sus propios nudillos un segundo, sintiendo ese hormigueo de adrenalina que le hace sentir, por un instante, que no está tan "muerta".
Se vuelve a sentar en la banqueta con una calma que aterra a los presentes. Toma su vaso de Jack Daniels, nota que el hielo todavía no se ha derretido por completo, y le da un trago largo.
Jani: (Susurrando para sí misma, con un tono que solo Wong podría captar) —Qué liviana se siente la verdad cuando la escupís en la cara de un idiota po...
Wong la observa. Él sabe qué fibra tocó ella. Él estuvo ahí cuando Jaime tenía que hacer de padre y madre al mismo tiempo. Él sabe que ese "chiste" es el eco de una niña que tuvo que endurecerse antes de tiempo en los campos de Paraguay y en las montañas de China.
Wong observa el cuerpo del millonario en el suelo con la misma indiferencia con la que miraría una servilleta usada. No hay rastro de nerviosismo por haber golpeado a un magnate; en su territorio, la única ley es la suya.
Lentamente, Wong levanta la vista hacia el fondo del bar, donde la luz de los neones de Pink Floyd apenas ilumina las mesas más oscuras. Su rostro es una máscara de estoicismo puro. Sin decir una palabra, hace un ligero gesto con el mentón hacia la puerta.
—Muchachos —suelta con una voz de barítono, fría y dominante—. Sáquenlos de aquí. Me están ensuciando el aire.
Se mueven con una eficiencia aterradora. Dos de los hombres agarran al millonario de las axilas, levantándolo como si fuera un muñeco de trapo. El tercer hombre y la mujer se encargan de la esposa del magnate. Ella intenta protestar, invocando nombres de abogados, pero la mujer de los tatuajes simplemente la toma del brazo con un agarre de acero, silenciándola con una sola mirada de desprecio.
Los arrastran hacia la puerta, pasando por encima de la madera que Jani acaba de bautizar con sangre.
Mientras la puerta se cierra tras los gritos lejanos de los expulsados, el bar vuelve a su estado natural. Wong no pierde el tiempo celebrando. Toma un paño nuevo, lo humedece con una mezcla especial y se acerca al lugar de la barra donde Jani golpeó al hombre.
Con movimientos circulares y precisos, empieza a borrar el rastro de la pelea. Jani lo observa de reojo, apreciando el ritmo de su maestro.
—Te dije ese tipo no servía para nada —murmura Wong, sin dejar de pulir la madera—. Me dejó la barra hecha un desastre.
Jani suelta un suspiro, el primero que parece real en toda la noche, y apoya la cabeza en su mano, dejando que el olor a lustre de madera y el sonido de la respiración tranquila de Wong la devuelvan a su paz interior.
Wong termina de pulir la madera y guarda el trapo. Se sirve un pequeño trago de un licor transparente, algo fuerte que solo él bebe, y se queda mirando a Jani.
Wong: —Ese cargamento de Escocia que trajiste la semana pasada... —hace una pausa, saboreando el licor—... está impecable. Los clientes habituales dicen que es lo único que les quita el sabor a asfalto de la boca. Aunque dudo que ese calvo supiera apreciar la diferencia entre esto y el agua de la cuneta.
Jani juguetea con el borde de su vaso. La mención del trabajo la saca un poco de su letargo. Conseguir esas botellas implica cruzar fronteras, lidiar con gente peligrosa y usar su entrenamiento para que nadie robe la mercancía.
Jani: —Fue difícil de conseguir, viejo. La ruta está cada vez más vigilada. Pero sé que a tu no te gusta servir basura, y yo no voy a arriesgar el cuello por algo que no valga la pena beber.
Los cuatro que sacaron a los millonarios regresan al bar. Se sientan cerca, pero mantienen una distancia de respeto. La mujer de los tatuajes — Marta — le hace un gesto con la cabeza a Jani antes de pedir una cerveza.
Marta: —Buena esa, Jani. El sonido de su cara contra la madera fue mejor que el solo de "Money" de Pink Floyd. Casi me dan ganas de que entre otro idiota solo para ver cómo lo desarmás de nuevo.
Jani apenas asiente. No busca fama, pero el respeto de esa gente es lo único real que tiene en esa carretera. Con eso jani se queda silencio mirando vacío y el vaso de whisky sostenia su mano, sus ojos fíjamente en lo que sostenía.
Flashback: El Templo de la Humildad (China)
El brillo del vaso en la mano de Wong actúa como un espejo. Jani parpadea y, por un segundo, el olor a whisky desaparece, reemplazado por el aroma a incienso barato, madera vieja y el aire frío de las montañas de China.
No hay peleas épicas. No hay dragones. Solo hay una Jani más joven, con las manos temblorosas y la espalda empapada en sudor, arrodillada sobre un suelo de madera interminable.
Wong (en el recuerdo): —Si no podés ver tu reflejo en el suelo, no vas a poder ver el golpe de tu enemigo antes de que llegue. Limpiá. De nuevo.
Jani recuerda el peso del balde de madera. Sus dedos estaban al rojo vivo de tanto fregar con agua helada. Wong no le permitía usar jabones modernos; era agua, ceniza y esfuerzo. Él caminaba a su alrededor con su porte de comandante, observando cada rincón. Si encontraba una sola mota de polvo, Jani tenía que empezar la habitación desde cero.
Fue su primera lección: La atención al detalle es la diferencia entre la vida y la muerte.
Wong: —Crees que viniste a China a tirar patadas, niña. Pero viniste a aprender a ver. El desorden en tu entorno es el desorden en tu mente. Si no respetás la madera que pisás, no vas a respetar la vida que tenés que defender.
Jani recuerda haber llorado de frustración aquella tarde. Sus rodillas sangraban un poco por el roce con la madera rugosa, pero Wong no se inmutó. No la levantó. Se quedó allí, estoico, hasta que el suelo brilló tanto que el reflejo de la luna entró por la ventana y se quedó grabado en las tablas.
Regreso al Presente
El Bar de la Carretera
Jani parpadea y regresa al bar, el hielo de su vaso se ha derretido un poco más, marcando el paso del tiempo.. El presente es casi idéntico al pasado: Wong sigue puliendo, el suelo sigue impecable y las raíces del techo parecen vigilar que nada se salga de su sitio.
Ella mira sus manos sobre la barra. Ya no son las manos suaves de la chica que llegó a China; son las manos de una mujer que aprendió que la paz se construye con disciplina.
Jani: (En voz baja, casi para sí misma) —Todavía me duelen las rodillas cuando te veo agarrar ese trapo, viejo.
Wong: (Sin dejar de pulir, con una sonrisa que apenas se nota) —Eso se llama memoria, Vaquera. El dolor es el mejor maestro que vas a tener. Los millonarios de afuera creen que la limpieza se compra con su empresa... tu y yo sabemos que se gana con el lomo doblado.
Wong deja de limpiar y, con un movimiento discreto, desliza una pequeña caja de madera rústica por la barra hacia ella. No es dinero común; son lingotes de plata o billetes de alta denominación, su parte por el cargamento que ella "limpió" de peligros en la frontera.
Wong: —Tu parte. Guardalo bien. Ese campo tuyo no se va a mantener solo, y Jaime no te enseñó a ser pobre, te enseñó a ser libre.
Jani se levanta de la barra. Sus movimientos son felinos, una inercia de sus años en China que ni el whisky puede borrar. Se acerca a la vieja rockola que descansa entre dos raíces gruesas de árbol seco. El aparato brilla con luces de neón que parecen latir al ritmo del bar.
Ella busca su refugio. Busca la voz que le ayude a silenciar el eco de los golpes del millonario y el clavo de su madre. Introduce una moneda desgastada, pero sus dedos, todavía un poco entumecidos por el alcohol y la adrenalina, presionan el botón equivocado.
De repente, los altavoces del bar, diseñados para aguantar bajos potentes de rock pesado, escupen un sintetizador chillón y una voz de plástico:
"Hiya, Barbie! Hi, Ken! / Do you want to go for a ride? / Sure, Jan!"
El silencio en el bar es atronador. Marta se queda con la cerveza a mitad de camino y los tres hombres se giran como si hubieran visto a un fantasma. Wong, desde la barra, se queda petrificado con el trapo en la mano, levantando una ceja con una expresión de pura incredulidad sarcástica.
Jani siente que la cara (o lo que se ve de ella tras la máscara) se le enciende. Rápidamente, con un movimiento un puñetazo que es más rápido que cualquier golpe que dio antes, golpea el tablero de la rockola para corregir el error.
El chillido de Aqua desaparece y es reemplazado por una línea de bajo profunda, etérea y oscura. Los sintetizadores de Billy Idol llenan el espacio como una niebla fría.
"I'm all out of hope / One more bad dream could be my end / Deep in a sell-out night / Restless and messy / Eyes without a face..."
Jani exhala un aire que no sabía que estaba reteniendo. Regresa a su asiento mientras la voz de Idol flota entre las raíces del techo. Esa canción es su himno personal: alguien que está vacío de esperanza, viviendo en una noche que no termina, con ojos que miran pero que se sienten sin rostro, igual que ella tras su máscara.
Wong baja la mirada al vaso que está puliendo, dejando que la música se asiente.
—Esa te queda mejor, Vaquera —murmura Wong, rompiendo la tensión—. Aunque por un segundo pensé que el entrenamiento en China te había frito el cerebro del todo con la música pop.
Jani le da un sorbo a su Jack Daniels, ocultando su vergüenza tras el cristal.
—Fue el dedo, viejo. La rockola está tan decrépita como tu —responde ella, aunque el ritmo de la canción ya la está transportando a otro lugar.
Los clientes fieles vuelven a sus conversaciones. La vulnerabilidad de Jani se queda ahí, suspendida en la letra. Eyes without a face. El bar rústico, con sus pósters de rock y sus sombras, se siente ahora más que nunca como una extensión de su propia alma rota. Ella es la mujer sin rostro, la deidad muerta que solo se siente viva cuando la música es lo suficientemente triste y el whisky lo suficientemente fuerte.
El bar se ha sumergido en una calma extraña. Wong deja de limpiar vasos. Se apoya en la barra, frente a Jani, y la mira con una seriedad que hace que el aire pese más. Él recuerda perfectamente el día que Jaime se fue; recuerda a la Jani que no lloraba(lloraba silencio ocultado su vulnerabilidad), pero que parecía estarse convirtiendo en ceniza por dentro.
Wong: —Vaquera... te veo el brillo en los ojos, pero no es el brillo de la vida. Es el reflejo del frío. Desde que Jaime no está, te has vuelto una experta en caminar entre los vivos como si fueras uno de esos fantasmas de las leyendas chinas.
Jani aprieta el vaso de whisky. La mención de su padre es como un golpe que no puede esquivar.
Jani: —Él me enseñó a ser fuerte, viejo. Me enseñó a no dejar que el mundo me vea sangrar. Estoy haciendo lo que él quería.
Wong niega con la cabeza lentamente, y aquí es donde lanza esa frase profunda que conecta con su sabiduría de maestro:
Wong: —Jaime te dio una máscara para protegerte del mundo, no para protegerte de ti misma. Hay una diferencia entre ser fuerte y estar congelada. El hielo es duro, sí, pero se quiebra si lo golpeás en el ángulo correcto. El agua, en cambio, fluye y sobrevive a todo. Tu estás intentando ser hielo para no sentir el dolor de su partida, pero el dolor no se va porque lo congeles... solo se queda esperando a que te rompas.
Jani baja la mirada. La máscara oculta su expresión, pero sus hombros delatan la carga. El vacío que siente no es tristeza común; es una depresión que la ha dejado anestesiada.
Jani: —A veces siento que cuando lo enterré a él, también enterré a la niña que era. Lo que quedó es esto... una herramienta que sabe pelear y que sabe conseguir whisky caro. ¿Qué más quieres de mí? No hay nada más adentro.
Wong suspira, un sonido cargado de años y batallas.
Wong: —Esa es la mentira más grande que te contás para poder levantarte cada mañana. Dices que no hay nada, porque tenés miedo de que, si sentís una sola chispa, te vas a incendiar entera. Pero escuchame: el luto no es un pozo en el que te tirás para morir, es un túnel que tenés que cruzar. Jaime no crió a una roca; crió a una mujer. Y las mujeres, al igual que los hombres de verdad, tienen derecho a sangrar por dentro mientras sus manos siguen firmes.
Wong extiende su mano y toca ligeramente la madera de la barra, la misma que ella usó para estrellar al millonario.
Wong: —Viniste hoy aquí buscando una pelea porque querías sentir algo, aunque fuera el impacto de tus nudillos. Pero no podés pasarte la vida buscando peleas en bares de carretera para convencerte de que seguís viva. Tenés que empezar a vivir por ti, no solo por la promesa que le hiciste a un hombre que ya no puede verte.
Jani se queda en silencio. Las palabras de Wong son como las agujas de acupuntura que él usaba en China: duelen al entrar, pero buscan liberar la energía estancada. Ella se da cuenta de que Wong no la está juzgando; la está invitando a descongelarse, aunque eso signifique volver a sentir el dolor de la pérdida
Wong se endereza, se sacude una mota de polvo inexistente de su hombro y comienza a caminar hacia el otro extremo de la barra, donde la penumbra del local es más espesa. Justo antes de desaparecer tras la puerta que lleva a la bodega o a su oficina privada, se detiene.
No se gira para mirarla. Se queda de espaldas, una silueta impecable recortada contra las luces rojas y azules de los neones.
Wong: (Con una voz que parece venir de la tierra misma) —Sabés, Jani... Jaime murió una sola vez. Pero tu... tu te estás obligando a morir todas las mañanas porque tenés miedo de que, si vivís de verdad, lo vas a olvidar.
Hace una pausa breve, dejando que el peso de esa idea aplaste el aire.
Wong: —Pero te voy a decir algo que el orgullo no te deja ver: El olvido no es lo que pasa cuando eres feliz. El olvido es lo que estás haciendo ahora, convirtiéndote en alguien que él ya no reconocería.
Jani se levanta de la silla y por fin se va.
Jani empuja la puerta y el invierno de Michigan le muerde la piel. No hay vehículos esperando, no hay Jeeps ni motores. Solo está el asfalto infinito de Detroit desapareciendo en la oscuridad del bosque y un silencio que zumba en los oídos.
Ella empieza a caminar por el arcén de la carretera. Su paso es firme, pero el whisky le juega pasadas extrañas; se desvía un poco, una oscilación militar interrumpida por la embriaguez. En su hombro, una mancha blanca destaca contra el cuero azulvioleta oscuro: Connor.
El búho nival observa la noche con ojos de oro líquido.
Jani enciende su linterna. El haz de luz corta la negrura de la carretera, iluminando los pinos que parecen garras que quieren atraparla. Caminar sola, a medianoche de invierno, por una ruta olvidada de Detroit, con una máscara y un búho bajo su propia nube privada de nieve, es una imagen que haría que cualquier conductor normal pisara el acelerador por puro terror.
Pero Jani no tiene miedo. Está demasiado borracha y demasiado vacía para sentirlo.
—Vamos, Connor —murmura, su voz arrastrada perdiéndose en el viento—. Solo faltan unos kilómetros.
De repente, Connor se tensa. Sus garras se clavan sutilmente en el hombro de Jani y emite un siseo bajo, una advertencia que ella conoce bien. Jani detiene su paso errante. El haz de la linterna tiembla un poco en su mano.
A lo lejos, justo donde la luz de la linterna empieza a perder fuerza contra la oscuridad del bosque, hay alguien.
No es un animal. No es un viajero. Es una figura extremadamente alta y esbelta, recortada contra los árboles. No tiene rostro, o al menos la luz no alcanza a mostrar facciones humanas. Se queda ahí, estático, como una columna de sombra que desafía las leyes de la física. Es una presencia que emana un frío mucho más antiguo que la nieve de Jani.
Jani baja un poco la linterna, entrecerrando los ojos tras la máscara. El alcohol sigue quemando en su sangre, pero la adrenalina empieza a limpiar la niebla de su mente.
—¿Wong tenía razón? —susurra para sí misma, recordando la advertencia del viejo sobre alguien que venía con el alma sucia—. ¿O es que finalmente el bosque vino a reclamar lo que queda de mí?